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¿QUIÉNES SON HOY NUESTROS ALUMNOS?
Por Equipo de la Escuela Marina Vilte, SUTEBA (*)
Revista La Educación en nuestras manos, N° 74, SUTEBA Noviembre de 2005

El acelerado defasaje entre nuestras representaciones sobre los adolescentes -"son esto", "son así"- y los alumnos concretos con los que convivimos en las aulas, requiere de una nueva caracterización, que contemple el análisis del presente en que vivimos y que no olvide que no sólo los jóvenes, sino también los adultos somos modificados por una realidad que ha tenido cambios radicales en las últimas décadas. Un tiempo en el que, al decir del historiador Eric Hobsbawm, la humanidad ha sufrido una de las transformaciones económicas, sociales y culturales más profundas ocurridas a lo largo de toda su historia. Por ello, no es lo mismo ser joven en los ´70 que a comienzos del siglo XXI. Si -en parte- se mantienen elementos constantes en su caracterización, a la vez encontramos otros muy distintos, que se relacionan con los cambios mencionados.


Un momento de la Constitución Subjetiva
La adolescencia no debe considerarse como una etapa, ni un estadio más del desarrollo, sino como un segundo momento de la constitución subjetiva que se inicia con la pubertad, momento cronológico-biológico a partir del cual se desplegará la adolescencia. “Metamorfosis” de la pubertad marcada por la irrupción de la sexualidad, en su vertiente de la genitalidad, y por la posibilidad, efectiva ahora, de la realización del acto sexual. Momento de alejamiento del espacio familiar para establecer una distancia que posibilite hacerse de un lugar diferente que aquel de la niñez. Intentos de establecer nuevos modos de relación con los adultos significativos, que ya no serán los padres ideales de la infancia, sino padres reales, de carne y hueso, plenos de defectos y equivocaciones según los hijos.

Momento de incertidumbre, donde se cuestiona lo dado -la familia, la sociedad- y donde la angustia marca lo incierto de la salida, con permanentes intentos de significar, por vía de distintas experiencias que aparecen como novedosas, aquello que era del orden de lo prometido: “cuando seas grande vas a poder, vas a saber, vas a entender...”, “cuando sea grande quiero ser...”, etc.

Momento de puesta en cuestión y renovación de las identificaciones -con los consecuentes duelos que esto trae aparejado-, de cambios en los modos de pensarse a sí mismo y a los demás. Allí donde me reconocía -mi cuerpo, mis gustos- ya no me representan, ya no me reconozco en ellos. La irrupción de la sexualidad en el propio cuerpo y el encuentro con el cuerpo de los otros es una permanente fuente de fantasías y conflictos. La elección sexual, no sin angustias, no sin dudas, definirá una posición sexual, hombre o mujer.

Un cuerpo que cambia y que es necesario vestir de nuevos ropajes, marcarlo, agujerearlo, tatuarlo, etc. para poder habitarlo. Hábitos que proponen distintas y cambiantes identificaciones -“soy dark”, “soy cumbiero, “soy...”-, donde cada identificación supone modos de relación con los otros, conductas, códigos de lenguaje, gustos musicales, de los que el adolescente se apropia, poniéndose a prueba cada vez y sin que signifique que sea definitivamente tal o cual cosa. Lo episódico es propio de la adolescencia: por tomar alcohol no se es alcohólico, ni por tener un acercamiento a las drogas se es adicto, ni por tener experiencias homosexuales se es homosexual. Se trata de poder pensarse a futuro, armarse, aunque sea provisoriamente, un proyecto de vida. Esto no se hace sin las experiencias previas, que ponen de manifiesto con qué cuenta cada uno y qué le falta. Donde este proceso se dificulta, encontramos impulsiones, actos violentos, trastornos de la alimentación, intentos de suicidio, regresiones, inhibiciones, etc. Si bien este recorrido es absolutamente singular, se requiere de un “soporte social” para realizarlo, familias o instituciones. Un cuerpo social que pueda alojar, soportar, acompañar en lugar de rechazar, judicializar o excluir. Un momento de la constitución subjetiva.


Adolescencia en un tiempo de crisis
Encontramos hoy nuevas formas de ser adolescentes y jóvenes, diferentes a las que conocíamos, pero esto no significa que los procesos antes descritos no tengan lugar. En todo caso es necesario indagar el modo peculiar en que estos procesos se realizan, si se ven obstaculizados o no, y cómo. Si las subjetividades se construyen en relación dialéctica con el contexto histórico debemos pensar cuáles son los efectos en los sujetos de las marcas de nuestro tiempo.

Vivimos en una época signada por un proceso de cambio acelerado, originado en las grandes transformaciones económicas y sociales provocadas por el capitalismo -en nuestro país y en el mundo- en el último medio siglo. Ese proceso nos está llevando, asimismo, a una situación de crisis.

Los aspectos más problemáticos de la misma los encontramos, por una parte, en la relación del hombre con la naturaleza. El peligro de una catástrofe ecológica que termine con la vida en el planeta tal como la conocemos (incluidos nosotros como especie) parece cada día más cercana. Por otra parte, se registra un aumento de las contradicciones y tensiones al interior de la sociedad, producto de un sistema social crecientemente excluyente.

Fenómenos asociados, que deben entenderse en este marco, lo constituyen el debilitamiento del Estado y de las identidades nacionales; de la “cultura del trabajo” y los derechos asociados a la misma. La transformación en las identidades sexuales y de género. El avance del mercado, que alienta la ilusión que los objetos de consumo vendrán a colmar una existencia de puro presente. Los cambios en el valor de la palabra, en la relación entre palabra escrita e imágenes. La modificación de los modos de transmisión de la cultura, donde “reinan” los medios de comunicación masiva.

En el plano de la subjetividad social, tal vez uno de los fenómenos más característicos sea el avance de un individualismo exacerbado, de la mano del neoliberalismo y la mercantilización de la vida, donde sólo cuentan el deseo individual, la competencia, las ganancias, la compulsión de consumir. El mercado nos constituye como sujetos consumidores.

Este individualismo supone un fuerte debilitamiento de los hilos que -históricamente- unían a los individuos en el tejido social: los lazos de parentesco, comunidad y vecindad. La familia tradicional ya había sufrido un fuerte impacto en los ´60. Pero ahora el avance del individualismo nos lleva a una situación donde lo característico parece ser el estallido, o mejor dicho, la falta de modelos, por la existencia de una pluralidad de modelos, que equivale a la inexistencia de una norma.

Este es un tiempo de contradicciones, donde lo juvenil dejó de verse como “fase preparatoria para la vida adulta”, para entenderse en muchos aspectos -deportes, modelos, etc- como la “fase culminante del desarrollo humano”, en todo caso a mantener durante la mayor cantidad de tiempo posible durante la adultez. Pero esta “eterna juventud” sólo está al alcance de una minoría. Para el resto, queda la realidad de una juventud que se transita rápidamente. En los sectores populares y excluidos, las generaciones se suceden con fluidez y el tiempo de las obligaciones adultas llega pronto, a veces en plena niñez.

Inmerso en este cuadro, la relación entre generaciones también se ha modificado, ha sido puesta en cuestión. El marco es la transformación de las estructuras familiares y de los valores, normas y pautas de conducta que les daban sustento. El sentido de estos cambios se hace más palpable en algunos aspectos de la vida actual. Si tomamos el ejemplo de la tecnología de uso más corriente, vemos que la velocidad del cambio tecnológico da a la juventud una ventaja sustantiva sobre las generaciones mayores. Lo que los hijos pueden aprender de los padres resulta menos evidente que lo que los padres no saben y los hijos sí. El papel de las generaciones -al menos en parte- se ha invertido.


Condiciones de vulnerabilidad
Si los procesos descriptos plantean toda su complejidad frente a los modos de subjetivación de los adolescentes, igualmente importantes son los efectos de los procesos de exclusión social.

En este punto debemos tener presentes los efectos de las políticas neoliberales aplicadas desde la última dictadura y a lo largo de la restitución democrática, sobre todo bajo Menem y De la Rúa.

Los adolescentes de hoy -nacidos en la década del 90- son víctimas del modelo socioeconómico neoliberal. Un modelo que intensificó la concentración de la riqueza, sumergió a casi el 50% de la población del país en la pobreza y a más del 20% directamente en la indigencia (1). En nuestra provincia, del millón doscientos mil adolescentes que registra el último censo, casi el 75% se encuentra por debajo de la línea de pobreza.

Semejante proceso de exclusión plantea, entre otros, un nuevo problema, a saber: cómo se construye la subjetividad en situaciones de vida signadas por la fragilidad de las relaciones familiares y de la inserción laboral y social. Situaciones donde, para muchos, lo que se pone en juego es la supervivencia, el puro presente, la inmediatez, dificultando las mediaciones simbólicas que regulan las relaciones con los otros. Procesos de exclusión que al despojar a los adolescentes de las condiciones materiales para poder vivir dignamente, dificultan también sus posibilidades de relación con el semejante, de lugares sociales a transitar, de un entramado social donde poder alojarse.

En un pronunciamiento a raíz de los trágicos sucesos de Carmen de Patagones, desde CTERA se sostenía que:

“Los más vulnerables siempre están en los extremos de la pirámide, niños, adolescentes, ancianos. En el caso de la adolescencia, a su vulnerabilidad constitutiva se le agrega esta profunda vulnerabilidad de época ¿Cómo transitarla en familias cuyo padre, cuando lo hay, está desocupado o gana sueldos de hambre, lo cual en nuestra cultura mina su función como soporte, como andarivel del pasaje a la adultez? ¿Cómo transitarla en una escuela que, en muchos casos, ha quedado imposibilitada de cumplir el mandato social de construir un tiempo nuevo acorde con la promesa de un futuro mejor? ¿Cómo transitarla cuando a través de los medios de comunicación, páginas de internet, video juegos, etc, se impulsa el mandato imperativo de consumir para ser, en un país en el que el 70% de los jóvenes no pueden comprar lo que se propagandiza como imprescindible para ser feliz?” (2)

Perversamente, este despojo de su condición de sujeto de derechos queda encubierto por ciertas representaciones sociales, que el poder hegemónico y sus voceros hacen circular, homologando adolescencia pobre con delincuencia e inseguridad. Instalan, así, un mecanismo de culpabilización del adolescente -“el adolescente es peligroso”- por el cual se busca que la sociedad, en lugar de cuidar y proteger la adolescencia como “prole universal”, se proteja de ella. Creemos que, por el contrario, en lugar de buscar culpables entre los jóvenes, debemos escuchar qué nos están pidiendo.


Exclusión educativa
La adolescencia de hoy en nuestra provincia también es víctima directa de la reforma educativa que Duhalde - Giannetassio, en correspondencia con la política nacional menemista y con las prescripciones que los organismos de crédito internacional (BM, FMI) impusieron a mediados de los 90. Una reforma que hizo eje centralmente en la modificación de la estructura educativa por la cual se primarizó el primer y segundo año de la escuela secundaria, y se suprimió el sexto año de la educación técnica y agraria.

El fracaso de la reforma educativa bonaerense en transformar la escuela media, ya era evidente antes del estallido social del 2001. El aumento de la repitencia (3), los altos índices de desgranamiento y de deserción que se mantenían durante esos años (4), eran elementos que daban cuenta de que el aumento de la matrícula, que el gobierno propagandizaba como un logro, era más formal que real. En todo caso, la crisis social vino a desnudar y potenciar la crisis educativa. La misma se manifiesta tanto en el aumento de la deserción como en la disminución de la inscripción al Polimodal.


El lugar de los adultos
En un pronunciamiento realizado a comienzos de este año, el SUTEBA planteaba:
"La masacre de Cromagnon, así como los asesinatos de Budge y de la comisaría de Quilmes, la tragedia de Patagones, las víctimas del gatillo fácil, los cien pibes que mueren por día por causa evitables, entre otros emergentes, muestran tanto la crisis de un sistema para el cual la vida humana no tiene valor, particularmente la de los jóvenes, y de un estado cómplice y corrupto, presente a la hora de defender los grandes intereses económicos y ausente a la hora de dar respuesta a los derechos populares.

Estos hechos que conmueven a los argentinos no son producto de la fatalidad, sino la confluencia de causas, que para ser revertidas nos comprometen a construir más organización para producir transformaciones políticas, culturales y legales.

La impunidad es el principal obstáculo para modificar esta realidad, por ello debemos seguir movilizándonos para exigir juicio y castigo a todos los responsables y demandar políticas públicas que garanticen un presente y un futuro distintos para nuestros niños y jóvenes, en la lucha por un país con justicia, y derechos para todo nuestro pueblo."
(5)

Es claro que sobre todos estos hechos existen responsabilidades políticas, sociales, económicas, institucionales. Creemos, no obstante, que todas estas situaciones nos interpelan a todos los adultos sobre nuestro lugar y responsabilidades en la sociedad, en particular respecto a los jóvenes.

Nos preguntamos: ¿qué ofrece el cuerpo social a los adolescentes?, ¿qué lugares prometidos vendrán a ocupar?, ¿qué futuro han imaginado los adultos para ellos?. Porque es necesario que haya habido quienes imaginaron un futuro para alguien, para que ese alguien pueda luego ocuparlo o rechazarlo o imaginarse otro futuro que considera mejor para él.

Lamentablemente, en muchas situaciones se revela la ausencia de la responsabilidad social de los adultos. En la incapacidad de gestión, en el mirar para otro lado por negligencia o buscando la coima, en la negación de las propias dificultades para comprender las culturas juveniles, en el límite que no se pone y la complicidad con el "bardo", en todas esas acciones está el lugar que ocupamos (o no) los adultos. Y nos preguntamos, como adultos, qué futuro imaginamos o, si por el contrario, tampoco nosotros tenemos perspectivas. ¿Cómo podremos hacer lugar y dar alguna respuesta a la interpelación adolescente acerca del sentido de la escuela, cuando nosotros no tenemos claro cuál es su sentido?. Esa es tal vez nuestra principal tarea hoy: construir la perspectiva de "otro mundo posible".

Es central pensar el lugar de los adultos, para la necesaria confrontación generacional y la construcción de la subjetividad del adolescente. Es central pensar qué posibilidades ofrece la sociedad para el despliegue del potencial creador y transformador del adolescente.


Tiempo de cambios, tiempo de oportunidades
La adolescencia no es sólo un momento de máxima vulnerabilidad, también es el momento de despliegue de lo que potencialmente posee cada uno, de lo aún no advenido. Y también es el tiempo de la rebeldía.

En estas coordenadas se despliega un nuevo tiempo. Si el nuestro es un tiempo de crisis, es preciso aclarar el alcance de este concepto. Pues normalmente, en lo cotidiano, se lo suele asociar con lo negativo, con la pérdida, con el final de algo. Pero en verdad su significado incluye la perspectiva de cambio, la posibilidad de surgimiento de algo nuevo.

La crisis como principio. El diccionario nos dice que justamente crisis es el momento culminante, decisivo, en que se produce un cambio considerable y súbito, favorable o desfavorable. No está establecido de antemano el sentido de ese cambio. La crisis abre su posibilidad, sobre todo cuando también es crisis del poder, de la hegemonía, de la dirección de la sociedad por parte de las clases dirigentes. Ese es el momento en que el camino hacia otra sociedad es posible.

Una cuestión importante es cómo percibimos lo social, pues ello puede abrirnos o cerrarnos perspectivas de acción. Si vemos o no lo nuevo que surge con la crisis. Y los jóvenes traen, justamente, la novedad, son los portadores de lo nuevo, el signo del presente y del futuro.

Para que eso suceda tiene que haber adultos dispuestos a estar ahí, dispuestos a ser cuestionados, enfrentados, a no abdicar de su lugar, que no es ni más ni menos el lugar que los adolescentes vienen a disputar para poder ocupar a futuro.

La escuela es un lugar donde los adultos pueden ser no sólo testigos de este proceso, sino también comprometidos partícipes. Podrán facilitar, o no, este momento según estén disponibles, distraídos o indiferentes.

Asumir, como generación, “el legado de cuidar y proteger a la que le sucede” (6), supone transformar la escuela en un espacio propiciatorio para el despliegue y la construcción de la subjetividad de adolescentes y jóvenes. Significa acompañar a la nueva generación en el arduo y apasionante camino de asumirse sujetos de la historia colectiva, para construir entre todos una nueva sociedad, un nuevo mundo.

“Porque yo ya no soy yo
ni mi casa es ya mi casa”

Federico García Lorca

 

Notas:
(*) Este material forma parte del documento “Escuela secundaria pública para todos los adolescentes y jóvenes. Una propuesta en construcción”, elaborado por el Equipo de la Escuela Marina Vilte de SUTEBA.

(1) Datos IDEF de la CTA. Ver: www.cta.org.ar

(2) Maldonado, Stella y Yasky, Hugo. “Proteger lo que crece”. Suplemento digital La Educación en nuestras manos N° 13. Octubre 2004.

(3) Según la Dirección de Escuelas, se pasó de un 4,2 % en el período 1999-2000, a un 5,8 % en el período 2002-2003. Ese relevamiento no considera los bachilleratos de adultos, por lo que se puede estimar que la tasa global de repitencia es mayor.

(4) “La exclusión educativa en el Tercer Ciclo”. SUTEBA. Buenos Aires. 2002.

(5) Declaración del Congreso de SUTEBA. 23 de febrero de 2005.

(6) Maldonado, Stella y Yasky, Hugo. Idem.

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