EL JUEGO EN MI VIDA
Soy docente, tengo treinta y cinco años, viví mi infancia y mi adolescencia en un pueblo. Desde hace aproximadamente quince años vivo en la ciudad, y lamentablemente hace ya unos cuantos años que no juego.
Alarmada por el tipo y la cantidad de actividades recreativas y lúdicas que practican nuestros niños en esta época, tratando de buscar soluciones al problema de la violencia, la discriminación, la exclusión que algunos de ellos sienten y viven, es que decidí realizar el curso de “Juego y creatividad en la escuela”, para encontrar alguna respuesta mágica y lograr una mejor convivencia en el grupo del que estoy a cargo y en la escuela en general. Y por qué no, para mis propios hijos.
Esta propuesta hizo que volviera unos cuantos años hacia atrás y que muchos, innumerables momentos de mi infancia y hasta de mi adolescencia pasaran por mis ojos como si los estuviera viviendo de nuevo. Y me descubrí con una gran sonrisa y los ojos empapados por la emoción. Esta propuesta hizo que volviera unos cuantos años hacia atrás y que muchos, innumerables momentos de mi infancia y hasta de mi adolescencia pasaran por mis ojos como si los estuviera viviendo de nuevo.
Me acordé de las largas tardes en las que jugábamos con mis primos, donde cada uno hacía su juego, pero los integrábamos. A mi me gustaba jugar a las muñecas, las vestía y desvestía a cada momento, las bañaba y hasta les cortaba el pelo. ¡A cuantas habré arruinado!
Después me encargaba de hacer la comidita y esperarlos a que ellos llegaran de “trabajar”. Aunque ahora que pienso, no se qué es lo que habrán hecho, porque eran el Hombre Araña, el Hombre Nuclear, el Llanero Solitario o Superman. No importa... yo los esperaba lo mismo y para esas exquisitas comidas usaba barro, polvo de ladrillo, pasto, piedritas y las decoraba con florcitas; como ollas o fuentes usaba tapas de frascos, latas de picadillo, todo servía para algo, nada se tiraba.
También me acuerdo de aquellas movidas de cabeza mientras bailaba imitando a Rafaela Carrá, o las vueltas que daba para convertirme en la Mujer Maravilla, y... de las discusiones que teníamos con mi prima y mi hermana para decidir quién era quien.
El laboratorio que montamos sobre el árbol del patio, en el que acumulábamos frascos de todas clases, frasquitos de remedios, jeringas y hasta agujas (porque en esa época ni se pensaba en el SIDA). ¡Los pobres bichos canasto que habrán muerto en nuestras manos!, porque les inyectábamos agua para “curarlos”.
Pero no todos eran juegos de nena, también me gustaba jugar a la pelota, entonces mis primos me mandaban casi siempre al arco, donde varias veces recibía pelotazos en la cara, pero no importaba.
Y que decir de las noches de verano, donde todo el vecindario salía a la vereda a tomar fresco y los chicos jugábamos en la calle hasta la hora de ir a dormir. Nos divertíamos con el Tic-Tac, la mancha venenosa o de compañeros, las escondidas, el cartero, la pisadita, el huevo podrido, la farolera, los caballitos de siete colores, el tirapelito, etc. Varias veces algún adulto dejaba escapar al niño interno y se acoplaba con nosotros en el juego que estábamos disfrutando.
En innumerables ocasiones mi mamá jugaba con nosotros y compartíamos hermosos momentos e inolvidables para mí, porque sentí su compañia y apoyo desde el juego, hasta en la vida.
¡Qué pocos juguetes teníamos!, pero... ¡cómo inventábamos e imaginábamos! Nos bastaba con alguna muñeca, materiales de desecho, y ...¡hasta zapallitos silvestres! Ya que con ellos hacíamos vacas, poniéndoles palitos como patas y un zapallito más chiquito como cabeza.
Sin ninguna duda mi juguete preferido fueron las muñecas, que comparando con las actuales eran bastante “obesas”. En mi infancia, las muñecas eran de plástico, de goma o de trapo. Eran bebés, o adultos con cuerpo robustos. Recién comenzaron a fabricarse las muñecas flacas, de cintura chiquita y articuladas, cuando yo tenía cerca de los doce años. Con ellas jugué hasta cerca de los dieciséis años. En cambio ahora, en su mayoría, representan “la belleza”, mujeres delgadas, bonitas, “el estereotipo de mujer actual”.
Seguramente no es lo mismo jugar en el pueblo, que en la ciudad, como tampoco es igual en esta época, que en la de mi infancia.
Después de este repaso de mi niñez, me queda un poco de culpa. Pienso en lo poco que juego con mis hijos.
Ellos tienen muchos juguetes, a pila, control remoto, electrónicos, etc., pero rápidamente se aburren de ellos. Lo peor es que casi no saben imaginar que algo es otra cosa, todo está servido, en miniatura, lo más real posible.
Tenemos la ventaja de vivir en una zona lejana al centro de la ciudad, en un barrio donde hay muchos chicos de su edad, y en el que todavía pueden jugar en la vereda, en las calles, o en el campito. Eso... me alegra. Ver que todavía juegan y se divierten, comparten chicos y chicas algunos juegos tradicionales, otros más nuevos, pero juegos al fin. Y se les nota la felicidad, la niñez. Se ensucian, corren, se ríen, cosas que no todos los niños de la actualidad pueden hacer. Ya sea por el lugar en el que viven, o por el apuro de sus papás para que aprendan cosas de grandes, o quizá porque su única compañía sea un hermoso televisor, o una computadora.
¡Tantos son los problemas sociales que nos afectan hoy! Y damos vueltas, cambiamos modelos, buscamos recetas sanadoras... ¿No será que a las nuevas generaciones les falta jugar, les escasea la alegría y los adultos les robamos la inocencia, empujándolos a ser más competitivos, a desarrollar capacidades para sobrevivir en este mundo, sin tener en cuenta que lo que necesitamos son personas felices? ¿¡Quién no es feliz jugando!?
Puedo sintetizar diciendo: “Jugar es recortar, para sí mismo, un trocito de mundo, un trocito que comprenderá un amigo, su mamá, papá, hermanito, ruiditos, figuras, objetos, un espacio a ocupar, un tiempo para administrar, riesgos a correr. No podemos prever o medir tales cantidades de aprendizajes, siempre serán superiores a lo que como adultos podamos imaginar o calcular. Acelerar o programar este proceso puede afectarlo, con riesgo de impedirlo o entorpecerlo. Por eso es importante dejar hacer, dejar lugar... Un dejar que no es abandonar; es mirar, asegurar sin interferir, sugerir, ponerse en el lugar del niño”.
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